Una de las doctrinas características articuladas durante la Reforma Protestante fue Sola Scriptura —una locución latina que significa “solo la Escritura”. Al igual que las otras cuatro ‘Solas’, esta frase es una abreviación, un título para una enseñanza más robusta. En este breve artículo me gustaría definir qué creemos cuando afirmamos Sola Scriptura: ¿Qué es? ¿Qué no es? ¿Dónde la encontramos en la Biblia?
Definiendo la Doctrina
Sola Scriptura es una doctrina que enseña sobre nuestra autoridad última: solo la Escritura es nuestra autoridad máxima de fe y práctica, que nos enseña lo que debemos creer acerca de Dios y nuestros deberes hacia Él (CMW. 2). Cuando existe alguna controversia doctrinal, debemos apelar a la Escritura para definir qué es lo que el Señor ha revelado en ella como su voluntad perfecta. La razón de esta doctrina es el entendimiento de que la Escritura es de carácter divino —es inspirada por Dios— y, por tanto, es inerrante.
Defendiendo la Doctrina
Para poder defender esta doctrina, también es importante aclarar qué no estamos diciendo. Y para ello, una serie de distinciones son necesarias.
Primero, autoridad última no es autoridad única. La mayoría de la tradición protestante no tiene problemas con someterse a otras autoridades —desde las más concretas como magistrados, pastores o padres de familia, hasta las más abstractas como tradición o concilios. Sola Scriptura no niega las otras autoridades que el Señor ha puesto sobre la creación y sociedad. La distinción es que cuando estas autoridades no están de acuerdo entre ellas o bien parecen ir en contra de la voluntad revelada de Dios, entonces la Escritura funciona como nuestro único (sola) árbitro. La Biblia es nuestra autoridad máxima.
Segundo, carácter divino no es esencia divina. Muchas veces se acusa a quienes sostenemos esta doctrina de que tratamos a la Biblia como la cuarta persona de la Trinidad. Lamentablemente, en algunos movimientos particulares extremos, esto es cierto. Históricamente, por otro lado, no hay nada más lejos de la realidad para la mayoría del protestantismo reformado. No oramos a la Biblia, no adoramos a la Biblia. La razón es que la Biblia es de carácter divino, pero no es de esencia divina. La Biblia, en otras palabras, no es Dios. La Escritura proviene de Dios y lleva la autoridad de Dios como Palabra de Dios. Pero esto no confunde a la Palabra escrita revelada como artefacto teológico (la Biblia) con la Palabra encarnada revelada en la historia de redención (el Hijo, Cristo Jesús).
Tercero, reconocida por la iglesia no es autorizada por la iglesia. Otra acusación clásica es que la doctrina no sería posible sin el trabajo previo de la iglesia. Dicho de otro modo, la iglesia primero tiene que dar autoridad a la Biblia para que luego ésta sea autoridad para nosotros. La iglesia reconoce el canon y la iglesia interpreta el texto; por tanto, la autoridad de la iglesia es necesaria para la existencia de la Escritura. Además, esto contradice lo que la Biblia establece sobre sí misma (como veremos más abajo): este abordaje somete a la Escritura y su Autor divino a la autoridad de la iglesia. Esto va en contra de un atributo divino llamado aseidad o independencia de Dios —el Señor no necesita ni depende de nadie que no sea Él mismo. La Escritura no se vuelve Palabra de Dios porque la iglesia la reconoce; la iglesia reconoce la Escritura porque es Palabra de Dios.
Desarrollando la Doctrina
¿Cómo, entonces, llegamos a esta doctrina desde la Escritura misma? Para eso, recordemos algunos elementos básicos de nuestra definición: Primero, que la Escritura es Palabra de Dios; segundo, que es útil como regla de fe y práctica; tercero, que la iglesia deriva del fundamento de la Escritura y es capaz de reconocer la voz de su Pastor en ella.
La Escritura misma da testimonio de su origen. En el Antiguo Testamento (AT), el registro de la voz del Señor se nota en frases como “Así dice el Señor” o “El Señor habló a Moisés diciendo” entre otras. El Nuevo Testamento (NT) reconoce este patrón y explícitamente llama al AT “los oráculos de Dios” (Ro 3:2), “inspirado por Dios” (1 Tim 3:16), lo reconoce como la revelación de Dios en tiempos antiguos (Heb 1:1–4) y habla sobre cómo el Espíritu de Dios movió a los hombres que lo escribieron (2 Pe 1:19–21). Además, podemos notar algunos otros patrones que sugieren lo que llamamos “conciencia canónica”, a saber, que los autores del NT sabían que estaban escribiendo Palabra de Dios. Que Mateo inicie con una genealogía (Mat 1:1–17) —presentándose como la continuación del AT (1 Cro 1:1–9:44); que Apocalipsis 22:18–19 termine con la maldición de Deuteronomio 12:32, equiparando los libros (y el NT con el AT); que Pablo se refiera a Lucas 10:7 usando la frase “está escrito” (1 Tim 5:18); o que Pedro se refiera a las cartas de Pablo como “otras escrituras” (2 Pe 3:15–16) —todo esto nos muestra que los autores del NT entendían su trabajo como inspirado por el mismo Espíritu.
La Escritura, como inspirada, no cambia (Is 40:8; Mt 24:35) y es suficiente para revelar a nuestro Dios uno (Deu 6:4) y trino (1 Co 8:6; Mat 28:19; Ef 4:4–6). Revela también a Dios como Creador (Gé 1:1–31; Sal 8; 19:1–6; Jn 1:1–3; Col 1:16; Heb 1:2) y Redentor. Revela a Dios como el único digno de nuestra adoración. Revela sobre la elección del Padre, la encarnación del Hijo, y la aplicación del Espíritu Santo. La Biblia nos revela el orden de salvación completo (ordo salutis[Ef 2:1–10; Ro 8:28–30]). La Biblia también nos revela sobre la santidad de Dios (Is 6:1–6), nuestra necesidad de ser santos (Ex 19:6; Lev 21:8; 1 Pe 1:15–16), y sobre la santificación y las buenas obras como fruto de nuestra justificación (Ef 2:10). La ley se muestra ya no como una que nos condena, sino como la Ley de Cristo (Gal 6:2) o la Ley del Amor (Ro 13:8), que marca una senda clara para caminar en santidad (Ex 20:1–17; Deu 5:1–22; Sal 119:105; Mat 22:37–40; 2 Pe 1:3). La Escritura es tan confiable, que Jesús mismo apela a ella (Mt 4:4; Jn 17:17) y Pedro advierte que es más segura que su propia experiencia (2 Pe 1:18–19). La Escritura, entonces, es nuestra única regla de fe y práctica (2 Tim 3:16–17), sobre la cual todas las demás autoridades deben establecerse (Mr 7:6–13; He 5:29).
Finalmente, la Escritura nos muestra que las ovejas son capaces de reconocer la voz de su Pastor y venir a Él (Jn 10:27–28; Sal 23). La razón por la que la iglesia es capaz de reconocer la Escritura como tal, no es sólo por las perfecciones que allí se encuentran (Sal 12:6; 19:7–14; 119:89–93), por la majestad del tema a tratar, por el testimonio de la iglesia, o por la cohesión de todas sus partes, sino solamente por el testimonio del Espíritu Santo testificando a nuestro propio espíritu sobre su obra (CFW 1.4–5; cf. Ro 8:16; Jn 16:13, 15). En la Escritura, es interesante que el único que jura por sí mismo es Dios (Gé 22:16; Is 45:23). La Biblia misma nos revela por qué: pues no hay nadie mayor que Él (Heb 6:13). Es decir, nadie más puede testificar sobre la veracidad de su Palabra. Esto nos lleva a la última observación: la iglesia deriva de la Escritura, no al revés. La iglesia está cimentada sobre el fundamento de los profetas y los apóstoles (Ef 2:20; 1 Co 3:11; 2 Pe 3:2). Esto corresponde a las dos épocas del pacto de gracia con sus respectivos documentos pactuales: AT y NT.
Conclusión
La doctrina de Sola Scriptura no fue “descubierta” ni «inventada» durante la Reforma. Podemos ver cómo tanto el AT como el NT establece la Escritura como esta única regla de fe y práctica para todo creyente. La iglesia temprana siguió este ejemplo (que quizá expanda en otro artículo). Lo que hizo la Reforma fue regresar la Escritura al centro, sacudirla de las tradiciones de hombres que contaminaban la política eclesiástica medieval, y brindar acceso a quienes no eran miembros del clero para poder leer la Escritura en su propio idioma. Hoy, la doctrina de Sola Scriptura sigue siendo atacada tanto por aquellos que dicen que debe ser suplementada con otras ideologías como por otros que niegan completamente su confiabilidad. Por ello, más que nunca, el creyente debe entender por qué la Escritura es nuestra autoridad confiable, y adorar a Dios por su Revelación Especial.

