29 May 2020

Policarpo de Esmirna

Por Dr. J. Alberto Paredes

Bosquejos de Héroes: Policarpo de Esmirna

Muchos quizá conocen bien la historia de los apóstoles, aquellos personajes que, capacitados por el Espíritu Santo, se dedicaron a dar testimonio de la vida, muerte, resurrección y ascensión de Cristo durante el primer siglo después de su encarnación. Pero, ¿qué pasó después?

El período que vivió el cristianismo durante los primeros siglos fue marcado por la persecución, opresión, violencia, y mártires. Sin embargo, al final, esto le dio a la iglesia sus primeros héroes: hombres y mujeres capacitados por Dios para enfrentar con valentía las persecuciones, herejías, y problemas diarios dentro de la misma congregación.

A este grupo pertenece un varón de quien no tenemos mucha información, pero la que tenemos, nos deja ver un hombre de fe y tremenda confianza en el Señor. Nos referimos a Policarpo, obispo de Esmirna.

Algunos Antecedentes

Policarpo fue un cristiano de segunda generación. Esto quiere decir que conoció a aquellos que no solo vivieron en el tiempo de Jesucristo, sino que fueron testigos de la resurrección de Jesús.

Él fue discípulo del apóstol Juan, el último de los apóstoles, quien fuera precisamente el que lo designaría como obispo de la región de Esmirna. También es muy probable que Policarpo haya conocido a Andrés y Felipe.

Como estudiante, podemos estar seguros de que Policarpo prestó extremada atención al apóstol Juan. Una epístola de su autoría para con la iglesia de Filipos, deja ver el gran conocimiento que tiene sobre las Sagradas Escrituras, de las que cita constantemente.

Contra Marción

Estando de visita en Roma, Policarpo fue reconocido por Marción, un personaje de la iglesia temprana cuyas enseñanzas heréticas iban en contra de la encarnación de Cristo, y la validez de las escrituras del Antiguo Testamento.

Al encontrárselo allí, Policarpo ignoró la presencia de Marción y sus discípulos. Entonces, Marción gritó:

—¡Policarpo, reconócenos!

A lo que Policarpo, rompiendo su silencio, respondió diciendo:

—¡Por supuesto! ¡Reconozco al primogénito de Satanás! [1 Jn 2:22-23]

El Martirio de Policarpo

Como muchos otros cristianos, Policarpo fue víctima de la persecución y murió martirizado en el 156 o 157 d.C. Ahora bien, su martirio fue único, y por tanto fue documentado para propagarse entre las iglesias de la época, con lo que llegó hasta nosotros hoy.

Después de que en la arena, muchos cristianos jóvenes habían perdido su vida a causa de las fieras, alguien entre el público inició un grito que pronto se propagó como un fuego salvaje:

—¡Mueran los ateos! ¡Queremos más! ¡Queremos a Policarpo!

(Los cristianos de aquel entonces eran llamados ateos porque se negaban a reconocer a los dioses paganos, y en especial, al César como un dios). Por tanto, el grito cumplió su propósito y la autoridad comenzó la búsqueda del Obispo de Esmirna.

No obstante, cristianos que atendieron encubiertos a la arena avanzaron más rápidamente con la información, por lo que alertaron a Policarpo del futuro que se aproximaba. Aunque Policarpo no tuvo duda en que era su llamado el enfrentar de frente a la autoridad, otros miembros de la iglesia lo convencieron de huir y resguardarse. Finalmente accedió y encontró refugio en una granja a las afueras de la ciudad, donde estuvo orando día y noche por tres días.  Es en este tiempo, que Policarpo alertó a quienes estaban con él sobre la visión que se presentó durante su oración: «He visto mi almohada en llamas, es mi porción el morir quemado.» 

Ante el terror de aquella experiencia por quienes escucharon de la visión, y la noticia de que alguien había revelado la ubicación del obispo tras ser torturado, Policarpo fue llevado a una segunda locación, donde poco después fue alcanzado por sus captores. Sin embargo, el encuentro fue bastante particular.

Policarpo ordenó a quienes le acompañaban que recibieran a los guardias, les sirvieran de comer y de beber, y les atendiesen en todo cuanto necesitaran. Por otro lado, rogó a los mismos guardias que le concedieran una hora para orar. Esta concesión le fue otorgada, y «lleno del Espíritu Santo» oró hasta por dos horas. Oró por la iglesia en Esmirna, por la iglesia Universal, e incluso por aquellos que lo entregarían a su muerte. Habiendo terminado de orar, sin mostrar resistencia alguna, dijo a sus captores:

—Vamos, estoy listo.

Se dice que todos quedaron tan impresionados con aquello, que algunos de los propios guardias mostraron incomodidad por entregar a este anciano a la arena.

Camino al estadio, el jefe de la guardia tentó a Policarpo en dos ocasiones diciendo:

—¿Qué de malo tiene jurar por el César o llamarle ‘Señor’ y ofrecer incienso? ¡Haz esto y preserva tu vida!

Policarpo simplemente respondió:

—No lo haré.

Una vez en la arena, aquellos cristianos que se encontraban presentes manifiestan haber escuchado una voz del cielo, que se escuchó más allá de los clamores de la afición diciendo:

—Policarpo, se fuerte, como varón valiente.

Policarpo fue interrogado por el Procónsul. El diálogo entre ambos deja ver la valentía con la que el obispo de Esmirna enfrentó su muerte.

—¿Tú eres Policarpo?

—Soy yo.

—No hay necesidad de que un viejo como tú muera de esta manera. Lo único que debes hacer es jurar por el César, y decir a los cristianos: «¡Que mueran los ateos!»

Policarpo, dirigiéndose a la audiencia llena de paganos, y no al resto de los cristianos en sus celdas, dijo:

—¡Que mueran los ateos!

El Procónsul le mandó otra vez:

—Realiza el juramento y serás libre, ¡desprecia a Cristo!

Policarpo respondió:

—Ochenta y seis años le he servido, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo, pues, blasfemaré contra mi Rey que me salvó?

El Procónsul le amenazó entonces diciendo:

—Si no te arrepientes, soltaremos a las fieras.

A lo que Policarpo, con toda calma, replicó:

—Tráiganlas. No nos es permitido arrepentirnos de bien hacia mal, lo noble es arrepentirse de la injusticia hacia la piedad. 

Más airado, el Procónsul dijo:

—Si desprecias las fieras, quizá el fuego sea más apropiado para ti. Te quemaremos vivo a menos que te arrepientas.

La respuesta de Policarpo fue digna de un mártir que no sólo conocía la Palabra de Dios, sino que permanecía firme en la verdad, y con la mirada puesta en las cosas eternas.

Tu me amenazas con un fuego que arderá por una hora y luego se apagará; y eso haces porque eres ignorante del fuego eterno del castigo y juicio de la ira de Dios. ¿Qué estás esperando? Haz lo que te parezca.

Mientras preparaban el fuego, guardias se acercaron para clavarlo a la estaca, ante esto, Policarpo les dijo:

—No es necesario usar clavos, Aquél que me ha dado fuerza para permanecer firme, me hará prevalecer a través de las llamas.

Intrigados por la valentía de aquél anciano, los guardias símplemente lo amarraron, después de haberle quitado sus vestiduras. Policarpo realizó su última oración, la cual terminaba con estas palabras:

—Te alabo a tí, te bendigo a tí, te glorifico a tí, a través del Sumo Sacerdote celestial y eterno, Cristo Jesús, tu Hijo amado, con Él y el Santo Espíritu, sean la gloria tanto ahora como en los siglos venideros. Amén.

Al pronunciar su último «Amén», las llamas comenzaron a arder. Sin embargo algo extraño sucedió. El olor que venía del fuego fue reconocido por todos como un olor fragante, como de incienso. Mas Policarpo no era tocado por las llamas. Las llamas se remolinaban al rededor y por encima de él, y él no era consumido.

Viendo esto, el Procónsul llamó a un guardia a terminar con la vida de Policarpo, lo cual hizo clavándole su lanza directamente. La sangre que salió poco a poco apagó las llamas.

Así terminó la vida de Policarpo, discípulo del apóstol Juan, obispo de Esmirna, celoso y diligente de cuidar la iglesia, opositor de los herejes, pero tierno y gentil con los hermanos, un varón de Dios que actuó valientemente hasta el final. Su testimonio como mártir fue (y aún es) usado por Dios para inspirar a muchos cristianos a permanecer inamovibles en la fe.

¡Qué el Señor nos de más héroes como él, con un corazón humilde, pero firmes en la verdad!

Amén.

 

 

Médico graduado de la Universidad Anáhuac Mayab. Director y Fundador de Enviados México. Estudiante de Maestrías en Divinidades y en Estudios Teológicos del Seminario Teológico Reformado de Charlotte, Carolina del Norte. Ha publicado entradas en otros ministerios como Dios es Santo; y artículos oficiales en el Christian Research Institute. Pasión creciente por la Palabra, y pasión por su país. Promoviendo la Reforma en México, Por Su Gracia…Para su Gloria.

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