19 Mar 2021

Justificación

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Por Dr. J. Alberto Paredes

A través de la Biblia, la palabra justificar o sus derivados aparecen muchísimas veces. Pero ¿sabemos lo que significa? La Teología Sistemática nos ayuda a definir el concepto de justificación al considerar todos estos pasajes para ver lo que la Biblia enseña al respecto. 

En esta ocasión veremos tres aspectos básicos de la justificación: su naturaleza, su base, y el instrumento de la justificación. 

La Naturaleza de la Justificación

La justificación es un acto de Dios (Ro. 3:26). A diferencia de una obra de Dios (en términos teológicos, por lo menos), un acto es una acción instantánea. Una buena analogía puede ser la obra de creación. La obra total duró siete días (incluyendo el descanso), pero el acto de crear luz fue instantáneo. Dios declaró: “Sea la luz,” y fue la luz (Ge 1:3). 

Así como la declaración de Dios el primer día de creación tuvo resultados, la declaración de el hombre como justo también tiene sus propios resultados. Al declarar al hombre justo, Dios instantáneamente perdona al pecador, le acepta, y lo considera justo delante de Él. 

Notemos que el resultado de la justificación revierte precisamente el resultado de la caída, en la que el hombre es inculpado, expulsado, y considerado pecador.

La Base de la Justificación

En primer lugar, cuando consideramos cuál es la base o el fundamento de nuestra justificación, lo mejor es comenzar por lo que no creemos, y después aclarar lo que creemos que la Biblia enseña. 

No creemos que la base de la justificación esté de alguna manera ligada a nosotros mismos (Ef. 2:8-9, Ga. 2:16). Es decir, no hay nada en el pecador que pueda ser tomado en cuenta para su propia justificación. Ni sus obras, ni su fe, ni nada en ellos (Is. 64:6). 

Por otro lado, la Biblia enseña que la base de nuestra justificación se encuentra solamente en Cristo Jesús (Ro. 3:26). Es precisamente su obediencia perfecta que es contada a nuestro favor, y su muerte en la cruz ofrecido como pago suficiente por nuestro pecado, lo que forma el fundamento de nuestra justicia. En otras palabras, la base de nuestra justificación no es ni más ni menos que la justicia de Cristo (Is. 52:13-53:12, 2 Co. 5:21).

El Instrumento de la Justificación 

Ahora bien, si es cierto que no hay nada en nosotros que nos haga ser justos delante de Dios, y que es la justicia de Cristo que es contada a nuestro favor, la pregunta que sigue es ¿cómo es que la justicia de Cristo puede ser contada para nosotros? La respuesta es simple: la fe. 

Espera. ¿Qué? Hace unas líneas mencioné que la fe no era la base de nuestra justificación. ¿Cómo puedo decir ahora que la fe juega un papel central para que seamos justificados? El pastor Sugel Michelén dice (y mi esposa concuerda) que los teólogos somos peores que los abogados. A lo que él se refiere es que los teólogos vivimos haciendo pequeñas distinciones de palabras y de ideas para tener un lenguaje tan específico que intente reflejar la enseñanza exacta de la Escritura. En parte esto es cierto, y algo gracioso, pero también es tremendamente necesario. 

Cuando decimos que la fe no es la base de nuestra fe, queremos decir que Dios no nos justifica por el hecho de tener fe. La fe que tenemos, que además es un regalo de Dios, no genera o crea ninguna justicia en nosotros. Más bien, cuando tenemos la justicia de Cristo delante de nosotros al ser presentada por la proclamación del evangelio, la fe que Dios nos regala es el instrumento que Dios usa para contar la justicia de Cristo a nuestro favor. 

Pensemos en una transacción bancaria. Cuando transfiero dinero de mi cuenta a la de otra persona, la aplicación que uso en mi teléfono para hacerlo, o el sistema de cómputo que hace la transacción no es el dinero en sí mismo. Ese sistema de cómputo es simplemente el instrumento para que mi dinero pase a la cuenta de otra persona.

Así pues, la fe no nos justifica en sí misma, sino que sirve como instrumento para que la justicia de Cristo sea contada a nuestro favor (Ro. 5:1, Fil. 3:9, 1 Pe. 1:3-5).

¿De qué Sirve Saber Esto?

En primer lugar, nuestra teología nunca debe estar desconectada de nuestra adoración. Saber que Jesucristo, su vida perfecta, su muerte en la cruz, su resurrección, ascensión, e intercesión por nosotros a la derecha del Padre es lo que nos hace ser agradables delante de Dios, nos lleva a adorarle. Nos lleva a adorar al Padre por proveer al Hijo. Nos lleva a adorar al Espíritu por aplicar esta obra por medio de la fe en nosotros. Una buena teología de la justificación nos da un excelente motivo para nuestra adoración. 

Además, reconocer que la justificación es un acto de Dios nos quita un peso enorme de la espalda. ¡No tenemos que trabajar por nuestra justificación! Esto no quiere decir que una vez que somos justificados ya no hacemos nada más. Vivimos a la luz de nuestra justificación (Sant. 1:22). Pero no tenemos el peso de hacer obras de justicia para ganar nuestra justificación; sino que, porque ya hemos sido justificados, somos libres de todo yugo para hacer toda clase de obras de justicia para la gloria de Dios (Ef. 2:10). 

Entendiendo esto, Lutero escribió que el cristiano es libre de todos, siervo de nadie (para alcanzar justificación). Y al mismo tiempo es siervo de todos, sujeto a todos para servir (porque ha alcanzado justificación). ¡Que esta sea nuestra realidad en Cristo!

Médico graduado de la Universidad Anáhuac Mayab. Director y Fundador de Enviados México. Estudiante de Maestrías en Divinidades y en Estudios Teológicos del Seminario Teológico Reformado de Charlotte, Carolina del Norte. Ha publicado entradas en otros ministerios como Dios es Santo; y artículos oficiales en el Christian Research Institute. Pasión creciente por la Palabra, y pasión por su país. Promoviendo la Reforma en México, Por Su Gracia…Para su Gloria.

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