31 Ago 2023

¿Debo Trabajar en Algo Distinto a Aquello que Estudié?

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Por Dr. J. Alberto Paredes

Trabajar es una bendición. Muchos amamos nuestro trabajo, o algún aspecto específico del mismo. Desde pequeños, nuestros padres nos enseñan la importancia del trabajo. Y, más aún, la importancia de un “buen” trabajo. Pero, ¿qué sucede cuando no hay trabajo? ¿Qué sucede cuando los únicos trabajos disponibles son en algo distinto a aquello que estudié? ¿Qué pasa cuando me siento ‘sobrecalificado’ para el trabajo que hay disponible? ¿Qué si el “buen trabajo” que estoy esperando no llega?

Siendo el trabajo algo tan importante, parece increíble que pocos hayamos recibido instrucción sobre cómo lidiar con estas situaciones. Sin embargo, en las próximas líneas, me gustaría compartir cuatro principios que te puedan ayudar a responder estas preguntas.

Estudiar es Relativamente Nuevo, Trabajar…No

Parte del problema actual es que cada vez es más sencillo estudiar aquello que anhelamos o nos llama la atención. Ahora bien, hay que reconocer que este es un fenómeno moderno. Antes, el hijo del panadero crecería para aprender a hornear pan. El hijo del herrero aprendía herrería. El hijo del banquero, sería banquero, y así… Por tanto, la pregunta pocas veces era hecha. Esto complica un poco la situación.

Para comenzar a responder la pregunta, debemos recordar algo. Primero, que estudiar lo que anhelamos es relativamente nuevo, y no necesariamente malo. Por otro lado, el trabajo en sí no es para nada nuevo, y es definitivamente bueno.

Dios instituye el trabajo como uno de los primeras ordenes en la creación. Dios hizo al hombre, y lo puso en medio del huerto para que lo labrara (Gen 2:15). Es decir, ¡el trabajo precede a la caída misma! En cierto modo, esto debe reajustar nuestra percepción del empleo, sea cual sea, como una bendición.

Una Cuestión de Mayordomía

Por otro lado, si hay otra cosa que aprendemos desde la creación, es que al hombre se le encarga ser un buen mayordomo de los recursos que el Señor ha puesto a su disposición (Gen 1:28). Existen quienes han tenido la oportunidad de prepararse académicamente según sus propios intereses, pero después no desean trabajar en ello por encontrar el trabajo fastidioso (Fil 2:14), pesado (Mat 25:24–30), por poner expectativas excepcionalmente altas sobre el “trabajo ideal” (Prov 13:4), o simplemente por pereza (Prov 6:9–11). Cuando este es el caso, debemos tomar en cuenta que el Señor nos llamará a cuentas sobre cómo invertimos nuestros recursos para el reino—desde nuestro tiempo, hasta nuestra educación.

Cuando tenemos la posibilidad de trabajar en aquello a lo que el Señor nos ha llamado y para lo cual nos ha equipado a través de una buena educación, debemos considerar seriamente cuáles son nuestras razones para no hacerlo. Por supuesto, cada caso es distinto, y existen casos legítimos para no trabajar en aquello que estudiamos, aún cuando existe la posibilidad—como estar ante jefes abusivos (Ef 6:9) o recibir un llamado mayor. David, pastor por excelencia, dejó a las ovejas para pastorear una nación como Rey. Los apóstoles dejaron sus oficios para seguir a Jesús y aprender de él, dejaron la pesca de peces para dedicarse a la pesca de hombres. Para muchos, quizá la mejor idea sea pedir consejo antes de rechazar una oferta de trabajo con la que parece que pueden servir mejor al reino de Dios.

Peor que Un Incrédulo

Otra cuestión a considerar mientras hablamos de trabajo, es nuestro rol en la familia, iglesia, y sociedad. Si bien la Biblia bendice a las mujeres trabajadoras (Prov 31:10–31); la obligación de proveer al hogar está principalmente en el varón (Gen 3:17–19). Así pues, es posible encontrarse en algunas situaciones en las que el único trabajo disponible—después de buscar con sinceridad—es algo que no sería nuestra primera opción, no nos gusta, o parece ser un trabajo para el cual estoy sobrecalificado. Creo que aun para jóvenes solteros existe cierto valor y sabiduría en ponerse un límite de tiempo para comenzar a trabajar. Si el trabajo deseado no llega en tal tiempo, decidirse por aquel puesto que esté disponible aún cuando no sea el puesto preferente. ¿La razón? Puede llegar el momento de enfrentarse a esta situación durante el matrimonio, y entonces la Biblia es clara: El que no provee para los suyos es peor que un incrédulo (1 Tim 5:8).

Así pues, la disciplina del trabajo—aún cuando no fuere el trabajo deseado—es mejor que una eterna búsqueda del trabajo ideal (Prov 13:4). El caso es de un mayor peso para quienes ya estamos casados y tenemos hijos. No solo debemos proveer para nuestro hogar, sino que estamos llamados a aportar para las cuestiones del reino (2 Co 9:6–15), y a no ser una carga para la sociedad (2 Tes 3:10). Nuestra responsabilidad es proveer para nuestro hogar, cuidar a nuestra familia, aportar al reino y a la sociedad. Así, glorificamos a Dios aunque esto nos cueste sacrificar el sueño del “trabajo perfecto” (Rom 8:18).

Una Tentación y el Remedio del Evangelio

Cuando nos encoframos en un trabajo que consideramos “poco ideal” podemos estar tentados a quejarnos y amargarnos contra el Dios que nos dio este trabajo. Deseo compartir una experiencia, aunque sea de manera breve. Yo soy médico de formación. Después, el Señor me llamó al ministerio y con ello a estudiar en un seminario. Durante mi tiempo de seminarista, uno de mis primeros trabajos fue en mantenimiento de la escuela—como estudiante internacional, no podía ejercer mi profesión médica y cobrar por ello. Es decir, me tocó destapar caños, limpiar canalones, y mover muebles para preparar salones de clase y otros eventos. Recuerdo un día estar especialmente cansado de limpiar lodo y hojas podridas de los canalones del seminario, bajo el sol, el mal olor, y la suciedad que conlleva. Para mi vergüenza, el siguiente pensamiento vino a mí:

“¿Qué tengo que estar haciendo aquí? ¡Podría estar dando consulta en el aire acondicionado en este momento y mantener tranquilamente a mi familia con ello! ¡Estoy sobrecalificado para este trabajo!”

Al regresar a casa, abrí el libro que me encontraba leyendo en aquel momento Preciosos Remedios contra las Artimañas de Satanás. Lo que leí ese día fue un gancho al hígado. Las siguientes líneas atravesaron mi corazón como pocas otras cosas lo han hecho. Pero estas palabras también me ayudaron a ver con perspectiva lo que es trabajar por quienes amas. En contexto, Thomas Brooks describe a Cristo encarnado para evitar caer en tentación, y usa las siguientes palabras:

“Que Cristo viniera del seno eterno de su Padre a una región de dolor y muerte; para que Dios se manifestara en carne, el Creador hizo criatura; que el que estaba vestido de gloria fuera envuelto en harapos de carne; El que llenó los cielos y la tierra con su gloria debería ser acunado en un pesebreel Dios que hizo los cielos trabajando en el oficio hogareño de José; que el que encadena a los demonios sea tentado; que Aquel de quien es el mundo y su plenitud tenga hambre y sed; que el Dios de la fuerza se canse, el Juez de toda carne sea condenado, el Dios de la vida sea muerto; que el que es uno con su Padre clame desde su miseria: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”Su alma, desamparada y abandonada; y todo, ¡esto por esos mismos pecados que Satanás pinta y pone finos colores!

¡Oh! ¡Cómo debería la consideración de esto incitar al alma contra ello, y hacer que el alma huya de él y utilice todos los medios santos mediante los cuales el pecado pueda ser sometido y destruido!

Fue un buen consejo que uno dio: “Nunca dejéis fuera de vuestra mente los pensamientos de un Cristo crucificado”.

Mientras la tentación de quejarse del trabajo difícil me asediaba, mientras era tentado a pensar que la queja y amargura eran mejor que la bendición de poder trabajar, Brooks muestra en medio de su larga descripción de la encarnación, que yo no era el único que había dejado un puesto importante por servir a otros. En realidad, en comparación con Cristo, mi situación palidecía. El Hijo de Dios, por quien los cielos fueron hechos, dejó su trono de gloria para venir a esta tierra—trabajo de carpintero incluido—y vivir, servir, y morir sin queja alguna, para el bien de aquellos a quienes ama.

Cuando habiendo hecho todo lo posible, no queda otra opción que trabajar en algo que no nos parece divertido, ideal, o de acuerdo a nuestros estándares, apto; es importante “no dejar fuera de nuestra mente los pensamientos de un Cristo crucificado”. Uno que no consideró el ser igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que con un espíritu de humildad vino a morir por el pecador (Fil 2:5–11).

Si bien podemos seguir orando para que el Señor prospere nuestra situación, recordar a nuestro Salvador y su obra redentora puede ser un salvavidas espiritual en medio de una situación en la que mis deseos y mi realidad no concuerdan. Aun allí, el evangelio nos permite vivir para la gloria de Dios.

Médico graduado de la Universidad Anáhuac Mayab. Director y Fundador de Enviados México. Maestro en Divinidad y Maestro en Estudios Teológicos, y por el Seminario Teológico Reformado de Charlotte, Carolina del Norte. Autor del libro “Santa Cena Virtual”. Ha publicado entradas en otros ministerios como Dios es Santo; y artículos oficiales en el Christian Research Institute. Pasión creciente por la Palabra, y pasión por Latinoamérica.

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