Dios escucha a su pueblo. Detente y asimila esto por un minuto. Dios —el Todopoderoso, Autosuficiente, Soberano, Creador y Sustentador de todo lo que ha sido, es y será— escucha a su iglesia. Te escucha a ti y me escucha a mí. No solo nos oye. Él presta atención a la oración de su pueblo (Sal 34:15).
Pocas veces me había detenido —o me habían detenido— a meditar en esta realidad. Esta verdad bíblica me golpeó mientras me preparaba para un evento llamado «Quemando a un Cristiano». (Un evento evangelístico donde la sociedad cristiana de la Universidad de Cambridge nos invitó a mi esposa y a mí a recibir preguntas de todo tipo de personas que no conocen o no comparten la fe cristiana).
Sabiendo que la gente en la audiencia podría preguntar sobre cualquier cosa dentro o fuera de las Escrituras, dediqué algunos días a reasumir mi estudio de muchos temas: Apologética, Filosofía, Historia, etcétera. Mientras estudiaba los «versículos más increíbles» de la Biblia, llegué a Josué 10:1–15, al episodio en el que Dios detiene el sol para que Israel pudiera derrotar a sus enemigos en la batalla.
Por supuesto, detener el sol —la estrella que da calor, vida y mantiene en órbita nuestro sistema planetario— ¡ya es una increíble muestra de poder! Sin embargo, el texto parece modificar un poco la narración. Tras describir la impresionante intervención de Dios en favor de su pueblo, el narrador escribe lo siguiente:
No ha habido día igual ni antes ni después, en que el Señor…
Uno esperaría que la frase se completara con «…detuviera el sol a causa de su pueblo» (o algo por el estilo). Pero entonces, de pronto, las cosas cambian:
Y ni antes ni después hubo día como aquel, cuando el Señor prestó atención a la voz de un hombre; porque el Señor peleó por Israel. (Jos 10:14 LBLA; énfasis propio.)
Y con ello, el texto nos regresa al verdadero centro de ese pasaje: Josué habló al Señor (Jos 10:12). Esto lo escuché por primera vez del Dr. John Currid; profesor de Antiguo Testamento y Arqueología Bíblica durante mi tiempo como estudiante en RTS Charlotte. Sin embargo, para ser sincero, en medio de mi profundo estudio y deseo de estar preparado para dar una respuesta correcta (1 Pe 3:15–16), las Escrituras me corrigieron con gentileza hacia el camino correcto. De ello aprendí (al menos) dos lecciones. En primer lugar, por importante que fuera «prepararse para la batalla», la oración es fundamental para toda victoria en el reino de Dios. En segundo lugar, «hablar con el Señor», eso que llamamos «oración», cuando Dios condesciende voluntariamente y escucha a sus hijos, es un acto maravilloso.

