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Historia de la Iglesia (la Alta Edad Media)

Los varios siglos de caos político y de controversias religiosas que la Iglesia vivió durante la Baja Edad Media la dejaron en gran necesidad de cambios. Estos cambios serían impulsados de dos diferentes frentes: el monaquismo y el papado. Ambos presentarían al cristianismo nuevos ideales teológicos y de vida cristiana marcando con sus reformas el inicio de una nueva era en la historia eclesiástica conocida como la Alta Edad Media o la era de los altos ideales que abarcaría desde el 1054 d.C. hasta el 1303 d.C.

Reformas monásticas

La Iglesia Occidental necesitaba una reforma radical y ésta surgió primero de entre las filas del monaquismo. De hecho, la reforma monástica comenzó poco antes del inicio de este período de altos ideales, con la fundación del monasterio de Cluny en el año 909 d.C., seguida por la reforma cisterciense (1090–1153 d.C.) cuya figura más notable fue Bernardo de Claraval.

Debido a que esta reforma surgió entre círculos monásticos, este programa tomó varias de las características del monaquismo, sobre todo en su insistencia en el celibato, la pobreza y la obediencia. Para algunos de estos reformadores, el ideal era hacer de toda la Iglesia (o al menos de sus oficiales) una vasta comunidad al estilo del monasterio.

Al pasar los años, surgieron varias nuevas órdenes monásticas. Las más importantes fueron la de los franciscanos y los dominicos. Estos produjeron un nuevo despertar en el trabajo misionero.

En relación con los franciscanos, esta orden fue fundada por San Francisco de Asís, cuyos ideales radicaban en una vida de pobreza y dedicada a la predicación del evangelio (fundó también una rama femenina de su orden llamada las clarisas). A diferencia de otros monjes, logró que el papa Inocencio III aprobara su movimiento, lo que rápidamente generó miles de franciscanos por toda Europa.

Respecto a los dominicos, su fundador fue Santo Domingo de Guzmán en España. Aunque la pobreza era también parte de su ideal, esta orden difería de los franciscanos en que desde el principio se dedicó al estudio como medio de refutar a los herejes.

Ambas órdenes crecieron rápidamente. Pronto hubo misioneros dominicos entre judíos y musulmanes, y los franciscanos llegaron hasta Etiopía, India y China. Pero los franciscanos tuvieron que pasar por una serie de divisiones y debates en torno a la cuestión de si la pobreza absoluta que San Francisco había abrazado y promulgado era necesaria o no.

Finalmente, el monaquismo aportó altos ideales en la esfera teológica por medio Anselmo de Canterbury quien desarrolló un poderoso argumento a favor de la existencia de Dios conocido como el «argumento ontológico» y mediante su tratado sobre la expiación en el que mostraba por qué Jesucristo tenía que ser Dios encarnado a fin de poder ofrecer satisfacción por el pecado humano.

Reformas papales

Después de varios papas reformadores, este movimiento llegó a su cumbre en el papado de Gregorio VII (1073–1085 d.C.). Gregorio insistió en el celibato eclesiástico, lo cual causó revueltas y dificultades en varias partes (y en realidad no fue una decisión bíblica). Además, condenó la simonía, que es la práctica de comprar y vender cargos eclesiásticos. Aquí Gregorio hizo un buen cambio.

Sin embargo, estas y otras reformas ocasionaron fuertes conflictos entre las autoridades seculares y las eclesiásticas y sobre todo entre papas y emperadores, quienes no llegarían a un acuerdo sino hasta después de muchos años con el Concordato de Worms en 1122 d.C.

Las cruzadas

Durante esta época, las cruzadas también comenzaron a surgir y perdurarían por varios siglos. Podemos definir una cruzada como una armada militar cuyo propósito era el de derrotar a los musulmanes que amenazaban a Constantinopla, salvar el Imperio de Oriente, unir de nuevo la cristiandad, reconquistar la Tierra Santa, y en todo ello ganar el cielo.

Como es evidente, no todas las decisiones y acciones de la Iglesia fueron correctas. Las cruzadas y algunas reformas papales, por ejemplo, serán una parte de nuestra historia que no podremos borrar. Esto nos deja una importante lección: tratemos de ser una Iglesia que se someta cada vez más a la Biblia y así las generaciones futuras no tendrán muchos motivos de que avergonzarse.

Referencias

González, J. L. (1995). Bosquejo de historia de la iglesia. Decatur, GA: Asociación para la Educación Teológica Hispana.

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